jueves, 21 de octubre de 2010

Biografía y obras

El título que ahora nos ocupa, "El puesto del hombre en el cosmos", corresponde a la última obra del filósofo Max Scheler (n. Múnich,1874), que enseñó en la Universidad de su ciudad natal, en la universidad de Colonia y en la de Jena.

Murió súbita y prematuramente a los 54 años, en el año 1928, fecha de la aparición de la obra que nos ocupa.

Solamente en Colonia fue titular, desde 1919. En las otras recorrió los grados inferiores de la docencia. Primeramente influido porEuken, poco después se vinculó a la fenomenología.En este movimiento, desde el inicio, fue uno de los colaboradores del Anuarioeditado y dirigido por Husserl. Fue en Francfort donde la muerte lo sorprendió, a poco de iniciar sus actividades de profesor. Este desenlace puso la rúbrica a una vida consagrada a desarrollar las posibilidades del desenvolvimiento del concepto pascaliano de "ordre du coeur", conducido a una "logique du coeur".

En la época de su madurez de pensamiento, lo caracterizó una posición cristiana -era de origen judío - y teísta. A este período pertenecen sus obras sobre Ética. El formalismo en la ética y La ética material de los valores. (1913-1916), que vio la luz en primera edición en el Anuario de Husserl. En este trabajo se establece una característica: la manera dialogal de su pensamiento. No sólo establece y fundamenta una ética material, o sea de contenidos éticos y no de meras formas éticas, sino que arremete contra elformalismo ético kantiano. De igual modo combate el empirismo ético y toda forma de relativismo y psicologismo. Lo ético es lo esencial de la obra, pero al mismo tiempo se detiene en la doctrina general de los valores. Los antecedentes de estos enfoques se hallaban en Lotze y Brentano. El desarrollo, empero, es obra inalienable de Scheler.

Este libro debe ser conectado con "El resentimiento en la moral" y "Naturaleza y formas de la simpatía". Con estos dos últimos trabajos se diferencia del psicologismo de Nietzsche y [Ludwig Klages]. En "Naturaleza y formas de la simpatía", son tres los tópicos esenciales: empatía o participación afectiva, sentimientos de amor y odio y percepción del yo ajeno. En estos asuntos se postula que más allá de lo psicológico en la vida emocional existen ciertas formas irreductibles a cualquier contenido psicofísico.

Otros trabajos serán "Sociología del saber", "Las formas del saber y la sociedad". Muchos contenidos meramente propuestos en estos dos últimos trabajos, debían aparecer en una programada "Antropología filosófica", cuya aparición Scheler anunciaba para 1929. De esta manera, "El puesto del hombre en el cosmos" sería una especie de anticipo de una obra fundamental que no pudo concretar. Toda comprensión de las ideas de cuño scheleriano, deben apoyarse en sus ideas sobre la teoría de los valores y en sus ideas sobre el ser del hombre recogidas en "El puesto del hombre en el cosmos".

[editar]Propósito de esta obra

Entre todos los problemas filosóficos, el problema del hombre es el que más preocupó a Scheler, de modo más directo y esencial. En la totalidad de sus obras, o en casi todas, siempre habían sido abordados problemas parciales de la naturaleza humana. Es desde 1922 cuando Max Scheler ha de centrar su meditación en torno de una posible obra total sobre el hombre, estudiándolo en todos sus aspectos.

El designio que lo guía en esta última obra de antropología filosófica, -que conserva algo del tono oral o coloquial de la conferencia de la cual proviene (pronunciada en Darmstadt en abril de 1927),- disciplina ésta cuya constitución había sido perseguida preocupación de toda su vida, como quedó apuntado, es el de definir al hombre, determinar su esencia y su "lugar" entre todos los entes deluniverso, apelando con ingente curiosidad a todos los saberes científicos y filosóficos sobre el asunto. Y a todas las más importantes tradiciones religiosas, en especial la judeo-cristiana.

El mismo título de su libro fue usado con frecuencia en la historia de la filosofía -con idénticas palabras-, durante el siglo XIX. Hecho que pone en descubierto un extendido interés sobre el tema. A propósito de esta cuestión, Scheler dirá que nunca el problema del hombre ha ocupado tanto a la filosofía, y agregará que al mismo tiempo, nunca el hombre se ha sentido tan perplejo ante la naturaleza de su ser esencial.

En este orden de cosas el mundo occidental ha tenido a su alcance tres concepciones del hombre no comunicadas entre sí, separadas y aparentemente inconciliables. La proveniente de la tradición religiosa judeo-cristiana con su hipótesis creacionista, la que se sostuvo en filosofía desde la antigüedad griega entendiendo al hombre como animal provisto de "razón", y la actual, o concepción científica de raíz biologista o darwiniana que lo ve como un ápice superdiferenciado de la evolución orgánica.

La preocupación del filósofo busca hurgar no en estas concepciones estereotipadas de la historia occidental, sino en una investigación nueva y singular, aquello que hace del hombre un ente de posición enteramente diferenciada en el concierto de la totalidad.

[editar]Concepción religiosa

Nada mejor que seguir al mismo Scheler para dar una sinopsis de esta concepción que opera en el hombre europeo.

Sus ideas al respecto las hallamos en La idea del hombre y la historia,de 1926.

La concepción judeo-cristiana no es, obviamente, un resultado de la filosofía o de la ciencia. En sus líneas fundamentales esta concepción se encuentra en el Génesis. Allí el hombre, en cuerpo y en alma, es una creación de un Dios personal, que lo ha conformado a su imagen y semejanza. De Adán y Eva, la pareja primitiva, descienden todos los hombres. Ambos vivían en un estadoparadisíaco en el que todo les era dado o concedido. Así fue hasta que el hombre pecó violentando la voluntad divina. Ese pecado llevó a la caída, a la pérdida del paraíso, de la inmortalidad, y de la gracia divina.

Según la doctrina cristiana, Jesucristo, con su venida y su sacrificio, ha de conseguir para el hombre la redención. Jesús, Dios y hombre, restablecerá la relación filial con Dios. Además, según el relato del Génesis, la divinidad entregó a los hombres el dominio y la posesión de los animales y del resto de las criaturas, de toda la naturaleza, por lo cual la condición humana posee un sitio privilegiado en la totalidad de la creación.

Esta antropología revelada se prolongará y dominará de manera fundamental en la Edad Media, desde San Agustín hasta Santo Tomás,y, en los tiempos modernos, hasta Pascal (siglo XVII).

La razón humana, que había sido entendida como la característica esencial del hombre por el pensamiento griego, pasará a ser en San Agustín y en todo el pensamiento cristiano, un elemento merecedor de sospechas, porque puede conducir por el camino de la tentación y el subsecuente pecado. La máxima socrática del "conócete a ti mismo", entendida como examen racional de la propia condición va a ser criticada por esta antropología, como actitud de soberbia que no se subordina a Dios, y que pretende dar una autonomía imposible.

[editar]Concepción griega

La segunda concepción clásica sobre el hombre, puntualizada en la obra de Scheler que acabamos de mencionar, es la griega. Aquí el hombre es entendido como un ser dotado de razón. Un homo sapiens. La racionalidad diferencia al hombre del resto de los animales y lo encumbra por encima de toda la naturaleza.

El agente específico que separa al hombre de todo el resto de los entes, es la razón o logos. Y es mediante esta razón que el hombre puede enseñorearse con el conocimiento de todos los seres: la divinidad, la totalidad de los objetos del mundo, y a sí mismo. Puede obrar libremente y escoger y puede, también, operando sobre la naturaleza, transformarla por los artificios de la técnica.

El logos humano, para muchos filósofos griegos, es entendido como parte del logos divino. Por este motivo el hombre es un ser en el cual anida una chispa de la divinidad.

Estas nociones son las que más han predominado en Occidente. Y con algunas variaciones las hallamos en Sócrates, Platón,Aristóteles, Descartes, Kant, Hegel...

Cuando Sócrates estima que una existencia humana sin autoexamen no vale la pena de ser vivida, está señalando que al margen de la razón no hay, propiamente, vida humana.

Esta segunda antropología parece distante de la primera, pero no han faltado filósofos o teólogos, como Santo Tomás, que han tratado de aproximarlas. Uniendo o buscando unir a Aristóteles con la concepción cristiana.

[editar]Concepción naturalista

La tercera noción del hombre lo ha de caracterizar como homo faber. Esta idea proviene del naturalismo de sesgo positivista opragmático y ha de recibir un impulso decisivo a partir de la teoría de la evolución de Charles Darwin.

Para esta concepción no hay una racionalidad como facultad separada, y específica del ser humano. No hay entre el hombre y los demás animales diferencias de esencia, sino de grado . Las mismas características del reino animal, son las del hombre, con mayor complejidad. El alma o el espíritu no son entidades autónomas y están vinculadas a la materia. Todo contacto con la realidad opera mediante los órganos de los sentidos. Dotado de instintos es un animal más, cuyo cerebro posibilita una inteligencia técnica. Así Scheler, para esta concepción, ha de decir que entre un mono y Edison, sólo hay variaciones cuantitativas. El hombre es poseedor de un idioma, o conjunto de señales y está posibilitado de manejar útiles e instrumentos por la complejidad de su sistema nervioso.

Bacon, Hume, Comte, Darwin, son algunos de los más egregios sostenedores de este pensamiento. También hallamos a Carlos Marx, con su materialismo dialéctico y su materialismo histórico.

[editar]Heidegger y Scheler

Los aportes del filósofo que nos ocupa son novedosos en relación con las tres concepciones analizadas, pero distantes de una obra o tratado excepcional y señero de 1927, "Ser y Tiempo"de Martin Heidegger, quien valoraba a Scheler de modo particular. Para el que sabe o puede leer entre líneas en la antropología de Scheler ya se preanuncian, aunque de modo tangencial y muy ciertamente lejano, temas heideggerianos; y pareja cosa cabe decir, en sentido análogo y contrapuesto, para "Ser y tiempo".

Si en la obra de Scheler el hombre está caracterizado por su "condición espiritual de persona -que en modo alguno es cosa osustancia- vinculada con un mundo objetivado", en la de Heidegger se iniciará un periplo metafísico -aun con la recusación misma del autor, de esta palabra- en torno del ser del hombre, que se caracterizará por ser una estructura de "ser-en-el-mundo" (in-der-Welt-sein), en la que el hombre y el mundo son dos componentes no separables. Dasein será aquí el nombre de la existencia. Y el da como partícula o prefijo, adverbio alemán equivalente a nuestro "allí" o "aquí", aludirá al sitio en que el ser en tanto tal y en su totalidad -por ello la traducción más difundida del vocablo en español es "ser-ahí"(Dasein) -, se abre o patentiza al hombre y sólo al hombre en un vínculo inextricable e inescindible.

El hombre es comprensión. Y comprensión es la manera de dar sentido a todas las cosas y a los otros existentes. Lo que las cosas y los otros son lo deben a la "comprensión". Esta comprensión puede ser pre-ontológica cuando opera inconscientemente, yontológica cuando es el resultado consciente de una búsqueda. Esta comprensión traza un "horizonte" específicamente humano, de cada existente, dentro del cual las cosas tienen para el hombre un sentido. El conjunto de cosas que están abarcadas por el "horizonte" de la comprensión, es el mundo. De acuerdo con lo dicho, el mundo no es un gran recipiente cósmico donde se hallarían colocados los distintos [entes].

Mundo en Heidegger es siempre un mundo de sentido. Conjunto de sentido determinado por una cierta "comprensión". El hombre se caracteriza por ser esencialmente apertura. No está cerrado como las cosas. El hombre puede tener intimidad consigo mismo, y puede vincularse o comprender a las cosas. De ambos elementos están desprovistas las cosas ya mencionadas. En Carta sobre el humanismo se tocan estas cuestiones de manera más explícita que en el §10 de "Ser y tiempo".

En esta obra y en este parágrafo, se deslinda la "existencia" humana de toda antropología, psicología y biología, pero no se verbaliza como en la carta, el "sitio" del ser que el existir es. En la carta el hombre en tanto existencia es considerado como "pastor del ser". Y también como lugar en donde mora el lenguaje, mediante el cual el ser adviene y se revela, de modo especial, en pensadores y poetas.

Dicho en fórmula sucinta: el núcleo esencial del hombre es la patentización del ser y el alojamiento del lenguaje, que lo revela. Sirva esta interpolación para confrontar dos posiciones que luego han de gravitar en todo el siglo XX.

[editar]Desarrollo biopsíquico

En la obra de Scheler se registra el decurso de los grados crecientes del desarrollo biopsíquico, con sus respectivas características. El primer grado es el del "impulso afectivo". En él no hay conciencia, ni sensación o representaciones. Es un psiquismo amorfo que apenas despunta y es el que corresponde al reino vegetal.

El segundo grado agrega al primer conato, el instinto. Perfilado como innato y hereditario. Su orientación fundamental se dirige a la conservación de la vida y la de la especie. Y juntamente con el tercer nivel, el de la memoria asociativa, vinculado a cierta forma dereflejo condicionado, corresponde a los animales inferiores. Que sintetizan en sí los tres niveles mencionados.

El cuarto grado o nivel es el psiquismo de la inteligencia asociativa; está todavía condicionada por los impulsos, pero ya es capaz de "elegir" entre lo útil y lo agradable.

Todos los animales superiores y el hombre congregan en sí los cuatro grados analizados. En esta instancia se torna casi obligado recordar a Aristóteles en el decurso creciente de esta gradación de los entes desde lo inanimado al ser del hombre.

[editar]Naturaleza específica de lo humano

Ahora bien, Scheler dirá que si los cuatro grados corresponden al hombre, pero también a los animales superiores, habrá que encontrar el quid que diferencie al hombre de los otros reinos. En cuanto a los griegos -afirmará Scheler-, hallaron esa diferencia "cualitativa" en la "razón" o logos.

Scheler preferirá, en cambio, la palabra "espíritu", por la que lo estrictamente humano puede captar intuitivamente las esencias de todos los seres y vivir instalado -solamente él- en el mundo de los valores. Así, hombre es tanto como ser espiritual, o "persona".

Cabe señalar que Scheler rechaza el dualismo cartesiano, y lo hace no sólo por razones filosóficas, cuanto por los resultados de las más recientes indagaciones de la biología. Alma y cuerpo son caras de un mismo ente. El alma no es una sustancia, y menos una sustancia localizada en ninguna parte del cuerpo, como sostenía Descartes.Pero esta estricta supresión de la diferencia entre cuerpo y alma deja en pie, sin afectarla, la distancia radical entre la "vida" y el "espíritu".

La propiedad fundamental del ser espiritual es la libertad total ante la presión de lo orgánico. Es libre, asimismo, ante los requerimientos del mundo circundante. Está abierto al mundo. Es un ser con "mundo" -posición emparentada, en cierto modo, pero en diferente magnitud, con la de Heidegger. Ese mundo le ofrece resistencias y a través de ellas se constituyen los "objetos". Decir "espíritu", es decir "objetividad". A todas estas diferencias el hombre añade la conciencia de sí, por la cual puede objetivarse a sí mismo y a todas sus vivencias psíquicas.

El "recogimiento" y la "reflexión" son prerrogativas humanas. De este modo, dice Scheler la evolución biopsíquica ha comenzado como impulso indeterminado, ha salido al mundo y ha vuelto sobre sí en la auto-conciencia antropológica (salvando las distancias y distintas connotaciones, ha seguido el devenir de la Idea hegeliana, que extrovertiéndose de sí en la materia y en lo orgánico, se recoge en el hombre, en quien cobra conciencia de sí,subjetiva, hasta arribar a la absoluta Identidad consigo misma).

[editar]Panteísmo de Scheler

Al iniciar este artículo dijimos que Scheler, en la postrera etapa de su vida, abrazó el panteísmo. De esta manera la totalidad de larealidad no es más que un único ser en movimiento; el que, paulatinamente y por grados, cada vez más se va replegando sobre sí. La fuerza de este movimiento sigue una marcha de abajo hacia arriba. De lo inorgánico a lo orgánico, y de lo orgánico al hombre.

Así Scheler dirá que Dios se está "haciendo" desde el primer principio de las cosas. Niega asimismo todo supuesto teísta de un Dios espiritual y personal. Y omnipotente en su espiritualidad. Estima que la relación humana con el principio del universo consiste en que tal principio "se aprehende inmediatamente y se realiza en el hombre mismo, el cual, como ser vivo, y ser espiritual, es sólo un centro parcial del impulso y del espíritu del ser existente por sí. Es la vieja idea de Spinoza, de Hegel y de otros muchos: el Ser primordial adquiere conciencia de sí mismo en el hombre, en el mismo acto en que el hombre se contempla fundado en Él".

Con la palabra espíritu, en definitiva, se nombra el sitio que al hombre le corresponde entre la totalidad de todos los entes del universo.Tal vocablo apunta a señalar que el sujeto que lo porta es determinado por el modo de ser de los objetos mismos. Así, el trato con la realidad exterior, se ha invertido dinámicamente en sentido opuesto a lo que acontece con el animal. Tal espíritu es el punto de llegada en el que la totalidad se hace consciente de sí.

En los animales, tanto inferiores como superiores, toda acción o reacción, incluyendo la "inteligencia", provienen de un específico estado fisiológico de su sistema nervioso; y con él están relacionados todos los impulsos y las representaciones sensibles. Cuanto adolezca de carencia de interés, para estos impulsos, no le es "dado", y lo que le es dado lo es sólo, en tanto y en cuanto, sea centro de resistencia a sus particulares apetitos o repulsiones. El estadio de lo humano sobrepasa este nivel y no sólo se caracteriza por ser persona sino por ser el punto de arriba de un proceso total y metafísico.

[editar]Hombre:asceta de la vida

En el hombre, en cambio, existe como un hiato separador entre la excitación externa y la respuesta conductual que le es propia. Ese hiato está representado por la voluntad o libertad. Por ella puede reprimir y someter los propios impulsos invitados por los estímulos. Rehusarles el alimento de la respuesta de su conducta. Llegando a ser de este modo un "asceta de la vida", según dictamina Scheler, con frase de inevitable reminiscencia cristiana.

Dicho con sus palabras: "Comparado con el animal, que dice siempre a la realidad, incluso cuando la teme y rehuye, el hombre es el ser que sabe decir no, el asceta de la vida, el eterno protestante contra toda mera realidad(...) En este sentido ve también Sigmund Freud en el hombre el represor de sus impulsos -en su obra Más allá del principio del placer-. Y sólo porque es esto, puede el hombre edificar sobre el mundo de su percepción, un reino ideal del pensamiento; y por otra parte, puede canalizar, sublimándola, laenergía -latente en los impulsos reprimidos-, hacia el espíritu que habita en él."

[editar]Bibliografía

  • Max Scheler, El puesto del hombre en el cosmos, Buenos Aires, Losada, 1938, y sucesivas reediciones.
  • Max Scheler, La idea del hombre y la historia,1926.
  • Martin Heidegger, Ser y tiempo, FCE, México.
  • José Gaos, Introducción a Ser y tiemp

El puesto del hombre en el cosmos

Con este título Max Scheler pondrá, de manera impensada, punto final a su obra filosófica.

El ensayo El puesto del hombre en el cosmos tendrá el definido propósito de ubicar el ser del hombre en la totalidad de los entes, o del cosmos, como señala el título de la obra que consideramos. Será un cierre brillante para una actividad ferviente, sobrecargada de atisbos geniales.

Su labor de pensador fue incesante y su mente se consumía de modo continuo en la producción de nuevas, originales y agudas ideas. Su pérdida adquirió el carácter de lo irreparable. Y cargó de estupor y aflicción al mundo filosófico. Todas sus obras lo señalaban como uno de los más egregios pensadores de su época. Heinemann lo ha denominado el más grande animal philosophicum de su tiempo.

El contenido de su pensamiento sólo con dificultad, podía tener parangón. Scheler echaba mano de su capacidad de destacarse en las grandes concepciones y en los pensamientos menudos. Las ideaciones fundamentales alternaban con inigualadas visiones de asuntos parciales. Su especulación se apoyaba en un saber entero de la historia de la filosofía. Incluso, a la distancia, se lo adivinaba como si fuera la intensidad de una "hoguera filosófica" en ignición.

Una de sus peculiaridades es desarrollar sus ideas en contraste y confrontación con las ajenas. Nunca temió corregirse y con frecuencia el viraje de sus creencias le acarreó críticas cargadas de agresividad.

La intensidad de su actividad intelectual se clarifica cuando conocemos la ampliación y reelaboración a que sometía sus libros, frecuentemente. Sus ideas se suceden como superponiéndose, y llevando al lector, de modo obligado, a diferenciar y separar por su cuenta, lo que se le da de un modo apretado y sin solución de continuidad.


Sergio Fernández

Fenomenología de Husserl: Aprender a ver

Nosotros tomamos nuestro destino en las manos, nos convertimos en responsables de nuestra historia mediante la reflexión, pero también mediante una decisión en la que empeñamos nuestra vida; y en ambos casos, se trata de una acto violento que se verifica ejercitándose.

MERLAU-PONTY

Hablar de fenomenología, el movimiento filosófico creado por Edmund Husserl (1859-1938), es casi tanto como hablar de la filosofía del siglo XX, y creo que se pueden apuntar dos razones en apoyo de esa opinión. En primer lugar, si desviamos la mirada de las formulaciones concretas que Husserl dio a sus ideas, son muchos los filósofos de nuestro siglo que han reconocido la influencia de Husserl en un grado mayor o menor. Heidegger fue discípulo directo de Husserl, y de él aprendió un cierto estilo de filosofar, aunque pronto surgieron las diferencias teóricas. Sartre, en los años treinta, descubrió a nuestro autor en Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica, que es la exposición más conocida que Husserl logró de una teoría. La influencia sobre Sartre es notoria. Algunos autores decisivos del siglo XX, como Merleau-Ponty, han pertenecido a la fenomenología. La hermenéutica de Gadamer y Paul Ricoeur encuentra su punto de arranque en Husserl. Y aún podríamos ir más lejos y compartir la tesis que defiende Montero Moliner (en Retorno a la fenomenología) según la cual, para aquellos que entienden de ideas y no de escuelas, la filosofía analítica y del lenguaje participarían del mismo espíritu que la fenomenología. Autores como Strawson, Austin, Searle y Grice son emparentables con la fenomenología sin necesidad de forzar mucho las comparaciones. Más complicada se presenta la opinión de Gerd Brand (en Los textos fundamentales de Ludwig Wittgenstein) según la cual Wittgenstein sería el fenomenólogo por antonomasia. El movimiento filosófico creado por Husserl ha ido extendiéndose y ramificándose con el transcurso de los años. Para hacerse una buena idea de la increíble amplitud del árbol fenomenológico que casi no deja una ciencia ni una disciplina filosófica sin cubrir- puede consultarse con la obra de Bernhard Waldenfels (Introducción a la fenomenología. De Husserl a Derrida). La fenomenología es una filosofía viva, se publican anales y revistas, se dan congresos y seminarios. ¿Cuál puede ser el motivo de este éxito de la fenomenología? Para responder a esta pregunta, entramos en la segunda razón. Ya uno de los primeros discípulos de Husserl, Adolf Reinach, había señalado que la fenomenología, más que un sistema de doctrinas filosóficas, era un método. Y un método que además envuelve un desarrollo ilimitado por principio. Este es el sentido del título que he dado a mi artículo: la fenomenología como un intento de establecer las condiciones de posibilidad de la filosofía, como un intento de mostrar el camino que conduce a ver el mundo de un modo filosófico. En un esfuerzo de reflexión metafilosófica, Husserl buscó un lugar para la filosofía, un lugar que nadie más que ella podría rellenar, y agotó sus energías prácticamente en ese esfuerzo. Por ese motivo, y dejando a un lado las falsas radicalidades metafilosóficas, la fenomenología como teoría filosófica apenas se decanta por tesis precisas: tanto que casi podríamos decir que todo lo que caiga bajo el rótulo "filosofía realizada con un esfuerzo de seriedad y rigor" puede ser considerado como "fenomenología". Además, siendo Husserl el iniciador de la corriente, se hace en parte comprensible que su filosofía esté afectada de todas las vacilaciones propias del que explora un nuevo terreno. Husserl, que era un hombre sum i do en la teoría y excesivamente escrupuloso, volvió una y otra vez sobre sus propias ideas, e intentó exponerlas completas en varias ocasiones, añadiendo más y más detalles, complicando la terminología. A su muerte dejó más de 45.000 folios taquigrafiados y creo que aún siguen editándose sus obras bajo el título de Husserliana. Sin embargo, se consideró un principiante de la filosofía, que sólo se había adentrado en los primeros caminos del inmenso territorio que el método fenomenológico abría. Pero no debemos olvidar cuando leemos a Husserl, que esta filosofía confusa, inacabada y a veces contradictoria, fue la inspiración para obras geniales del siglo XX, rebosantes de ideas tal vez más claras y atractivas, y que, bien en deuda teórica o en debate crítico con ella, son numerosos los filósofos de nuestro siglo que han pasado por la fenomenología y han contribuido a desarrollarla y matizarla con sus teorías. Por tanto, creo que entender a Husserl es necesario para entender nuestro siglo, al menos filosóficamente hablando. En este artículo intentaremos, en la medida de lo posible, acercarnos a este entendimiento.

La fenomenología nació en las Investigaciones lógicas como una refutación del psicologismo. El psicologismo pretendía ser un modo de solucionar algunos problemas que planteaban la teoría del conocimiento y de la ciencia, sin salir de los estrechos márgenes de un positivismo de "hechos". La idea del psicologismo consistía en hacerse una cierta composición de lugar, sin despegarse del suelo del sentido común de su época para conseguir de ese modo la ventaja de una apariencia de inteligibilidad inmediata. Acto seguido, se ventilaba la teoría del conocimiento, pretendiéndose que las paradojas que descubría no eran más que el resultado de obscuros filosofemas. La composición de lugar que antes he mencionado es esta: empecemos por aceptar la realidad de un mundo de objetos como algo comprensible de suyo, como un horizonte infranqueable más allá del cual no tiene sentido ninguna pregunta. Dentro de ese mundo de objetos colocamos al ser humano como un objeto entre objetos; ahora bien, el ser humano nos resulta un objeto muy peculiar. ¿En qué consiste la conciencia o vida anímica por la cual ese objeto se representa a todos los demás? ¿Es una propiedad de ese objeto? En nuestro mundo positivista de objetos sólo podemos admitir el enlace casual como relación entre objetos. ¿Se puede explicar acaso el conocimiento como una influencia causal de un objeto sobre otro objeto? El psicologismo cedía a la tentación cartesiana de concebir la conciencia o vida anímica como una cosa, una realidad sustancial. En las últimas décadas del siglo XIX la psicología se había constituido como ciencia, al probarse que era posible aplicar el método experimental para el estudio de la vida anímica de animales y seres humanos. Y desde su nacimiento hasta mucho tiempo después, la psicología pretendía convertirse en una auténtica "física del alma", pretensión que será duramente criticada por Husserl: según nuestro autor, nunca podría llegarse a esta concepción justa del sujeto -en tanto que sujeto cognoscente- mientras se le siguiese tratando de agotar en todos sus matices por medio de una ciencia empírica, intento bajo el cual subyacía la visión sesgada de él como objeto entre objetos. Era totalmente absurda la supuesta fundamentación definitiva del conocimiento por parte de la psicología, alegándose que el conocimiento debía verse como un evento psicológico, y que su misterio será finalmente iluminado por la razón científica. Teniendo en cuenta que desde los tiempos de Descartes la teoría del conocimiento había sido el baluarte de la posibilidad y necesidad de la reflexión filosófica, al ser solucionados sus "problemas" por una ciencia como la psicología, la filosofía quedaba sin "trabajo" y por tanto, sin "sentido". Pero el psicologista había ido demasiado lejos: al pretender cerrar el círculo de la objetividad científica sobre sí mismo, lo único que consiguió fue poner de relieve los propios límites de toda ciencia. La teoría del conocimiento no podía solventarse con la investigación psicológica porque esta era un conocimiento. Tampoco la lógica podía reducirse a leyes que gobernaban exclusivamente la psique humana, puesto que la psicología daba la lógica por supuesta en todos sus razonamientos. "El relativismo específico hace esta afirmación: para cada especie de seres capaces de juzgar, es verdadero lo que según su constitución o según las leyes de su pensamiento deba tenerse por verdadero... la constitución de una especie es un hecho. Y de hechos sólo pueden sacarse hechos. Fundar la verdad en la constitución de una especie... significa darle, pues, el carácter de un hecho. Pero esto es un contrasentido. Todo hecho es individual, o sea, determinado en el tiempo. Pero hablar de una verdad temporal sólo tiene sentido refiriéndose a un hecho afirmado por ella (caso de que sea una verdad de hecho) más no refiriéndose a ella misma." (Investigaciones lógicas, primera parte, cap. Vll). La raíz del problema estaba -aunque parezca un galimatías- en una errónea concepción de lo que es un concepto. De alguna manera la mente humana no está hecha, en su funcionamiento ordinario, ni para el estatismo absoluto de los conceptos ni para la fugacidad de las sensaciones. Por eso, cuando Husserl propone un filosófico viaje al fondo del concepto, considerándolo en tanto tal concepto, prescindiendo por completo de averiguar nada acerca de su naturaleza o realidad, y persiguiendo conexiones puras entre conceptos en un dominio donde precisamente reina el más completo aislamiento y soledad entre entes conceptuales perfectamente idénticos a sí mismos, nos resulta como una bocanada de aire fresco la teoría opuesta, que toma a los conceptos en su realidad superficial de eventos psíquicos, sin meterse en las honduras de su significado, y va explicando su aparición por medio de un proceso genético.

Pero Husserl consideraba que debía hacerse una teoría del conocimiento puramente conceptual: por lo tanto, no podía utilizarse ni uno sólo de los conocimientos ya constituidos. Ese es el sentido que tiene su famosa epojé (suspensión del juicio) o reducción fenomenológica. Para poder estudiar las vivencias en cuanto tales, hay que modificar nuestro modo ordinario de vivirlas. Husserl describe este modo ordinario o actitud natural como un directo e ingenuo apuntar de la conciencia al mundo y a sus objetos, como una atención y un interés en ellos. La actitud natural está cargada de interpretaciones admitidas tácitamente como válidas, de prejuicios, de intelectualizaciones confusas que conducen a faltas de entendimiento. El resultado de la epojé fenomenológica es que nuestra atención se desplaza a los objetos al modo de darse esos objetos en la conciencia, o sea, a los fenómenos en sentido fenomenológico. Entonces el fenomenólogo sólo aceptará como fenómenos válidos aquellos que estén da dos originariamente, y que son la base para toda interpretación e intelectualización posterior. "No hay teoría concebida capaz de hacernos errar respecto al principio de todos los principios: que toda intuición en que se da algo originariamente es un fundamento de derecho del conocimiento; que todo lo que se nos brinda originariamente (por decirlo así, en su realidad corpórea) en la intuición, hay que tomarlo simplemente como se da, pero también sólo dentro de los límites en que se da." (Ideas, 24). Para Husserl, la filosofía tiene que apoyarse en las intuiciones más primordiales de nuestra vida: "Las intuiciones que únicamente pudieran ser vivificadas por impresiones remotas e imprecisas, inauténticas -y en el supuesto de nue se tratara realmente de unas intuiciones- no podrían satisfacernos. Nosotros queremos volver a las cosas mismas." (Investigaciones lógicas). Este volver a las cosas mismas se convirtió en un lema repetido de la fenomenología.

Tras la epojé o reducción fenomenológica -que nos han colocado plenamente en el terreno de partida de la subjetividad- viene la reducción eidética. Husserl se aparta del empirismo al defender que hay una verdadera intuición de esencias. "Una intuición empírica e individual puede convertirse en intuición esencial (ideación) -posibilidad que por su parte no debe considerarse como empírica, sino como esencial. Lo intuído en este caso es la correspondiente esencia pura o eidos, sea la suma categoría, sea una división de la misma hasta descender a la plena concrección" (Ideas, 3). La fenomenología queda ahora definida más estrictamente como la descripción eidética de la vida trascendental del yo. Por vida trascendental del yo entenderemos el con junto de vivencias o fenómenos originarios que, como datos absolutos a toda posición de trascendencia, hacen posible la apertura de la conciencia a un mundo. Se trata de apresar el origen último de todo posible sentido y validez de ser. Husserl se plantea la pregunta sobre cómo debemos concebir el sujeto para que después resulte inteligible el que ese sujeto lo sea de conocimiento. Partiendo de la esencia intuitivamente aprehensible del conocimiento -que es la apertura intencional de un sujeto a un objeto presente-, y a la luz de ella, tenemos que reexaminar nuestros conceptos tanto de la realidad del sujeto como de la realidad del objeto o mundo. Todos los conceptos, induyendo los que Kant llamaba conceptos puros, han de encontrar su sentido originario en una subjetividad trascendental, de la que parte toda concepción, tanto del mundo como de uno mismo. Esta es la reducción trascendental, por la que Husserl accedía a su peculiar idealismo fenomenológico. Muchos de los seguidores de Husserl de aquella época se extrañaron del viraje hacia el idealismo que ya empezaba a manifestarse en Ideas, y se apartaron de la reflucción trascendental, recorriendo entonces sus propios caminos filosóficos. Husserl se quedó sólo con un reducido grupo de incondicionales. La reducción trascendental abría el paso hacia un territorio inédito, del que cabía tener experiencias trascendentales y del que podía ocuparse por fin una filosofía autónoma, radical y sustantiva; así se pondría fin a la dispersión de la filosofía en filosofias. Ya hemos visto cual era la postura del objetivismo cientificista. "El trascendentalismo, por el contrario, dice: el sentido de ser del mundo de vida previamente dado es una configuración subjetiva, es producto de la vida de la experiencia, de la vida pre-científica. En ella se construye el sentido y la validez de ser del mundo, y en cada caso del mundo que vale realmente para el que en cada caso lo experimenta. En cuanto al mundo "objetivamente verdadero", el de la ciencia, es una creación de más aIto grado, fundada sobre la experiencia y el pensamiento pre-científico, o lo que es igual, sobre sus rendimientos de validez. Sólo una retro-indagación radical de la subjetividad, de la subjetividad que es precisamente la que en última instancia hace posible toda validez del mundo con su contenido y en todas las modalidades científicas y pre-científicas, así como una indagación del qué y el cómo de los rendimientos de la razón, puede hacer inteligible la verdad objetiva y alcallzar el sentido de ser último del mundo. Por consiguiente, no es el ser del mundo en su obviedad incuestionada lo en-sí primero, ni se trata de plantear la nuda interrogación sobre lo que objetivamente le pertenece; sino que lo en-sí primero es la subjetividad, y precisamente en cuanto instancia que pre-da ingenuamente el ser del mundo y seguidamente lo racionaliza. O lo que es igual: lo objetiva." (Crisis, 14).

Ahora estamos en condiciones de poner de manifiesto y comprender la tensión filosófica en que se movió Husserl durante toda su obra. Por un lado nos encontramos con una filosofía o fenomenología crítica. La fenomellología crítica busca parcelas de la realidad, parcelas que sean "intuitivamente", "manifiestamente" de la realidad -experimentado en una vivencia pre-científica-, y que no puedan ser explicadas por las conceptualizaciones al uso en la ciencia. Esa parcela de la realidad es la vida anímica o subjetividad trazscendental. En Crisis, Husserl la llamó "el mundo de la vida". Pero la filosofía crítica, podemos decir, se ha auto-inmolado para revelar las incongruencias del objetivismo cientificista, porque al problematizar el conocimiento y buscarle un fundamento, ha cerrado también, en principio, sus propias vías. Aquí es donde aparece el trascendentalismo kantiano y su división entre conocimiento ordinario y científico y conocimiento trascendental. Husserl, recuperando la reflexión de Kant, quiere venir a abrir una posibilidad para una filosofía sustantiva que, habiéndose hecho epojé de toda tesis, no busque ya un fundamento para el conocimiento, ni siquiera un concepto de conocimiento y trascendencia, y se limite a describir fielmente el fenómeno considerado como dato absoluto, proporcionado por una experiencia trascendental. Una buena muestra de la tensión entre estos dos modos de concebir la filosofia simplificadamente podríamos decir: teoría del conocimiento y metafísicaes que en las Meditaciones cartesianas Husserl llega a indicar que también la experiencia trascendental requeriría una crítica que la revisara.

Una de las frases más famosas de la fenomenología es aquella que expresa la intencionalidad de la conciencia: toda conciencia es conciencia de algo y ese algo no es la propia conciencia. Husserl establece una conexión indisoluble entre la conciencia y su objeto, la llamada correlación universal objetoconciencia. Habiendo tomado la noción de intencionalidad de su maestro Franz Brentano, Husserl se percató de que por un lado no puede concebirse ninguna vivencia de conciencia aislada o separada del objeto al que está dirigida, al que apunta intencionalmente (y que, en principio, no es el objeto sino el objeto intencional), pero que también, por otro lado, y por lo menos en lo que respecta a su sentido, tampoco el objeto era autónomo o independiente de la conciencia, que es la única fuente dadora de sentido. Para Husserl, conciencia y objeto son dos entidades separadas en la naturaleza que por el conocimiento se pondrán en relación. Hay una correlación primitiva a partir de la cual se definen sujeto y objeto como tales. (Con total independencia de lo que exista o no exista en la realidad, la vivencia queda identificada esencialmente como vivencia de un cierto objeto. Por decirlo así, la esencia de las vivencias tiene un lado subjetivo -que es la propia acción de la conciencia en tanto que ejerciéndose intencionalmente- y un lado objetivo. Al lado objetivo de la essencia de una vivencia lo denominará Husserl nóema de esa vivencia. Al lado subjetivo, noesis de la vivencia. Hay textos de Husserl que parecen avalar la idea de la distinción entre nóema y objeto: "El árbol pura y simplemente, la cosa de la naturaleza, es todo menos esto percibido, el árbol, en cuanto tal, que es inherente como sentido perceptivo a la percepción, y lo es inseparablemente. El árbol pura y simplemente puede arder, descomponerse en sus elementos químicos, etc. Pero el sentido -el sentido de esta percepción, algo necesariamente inherente a su esencia- no puede arder, no tiene elementos químicos, ni fuerzas, ni propiedades reales en sentido estricto" (Ideas, 81). Relacionada con esta posible separación entre nóema y objeto, está la idea de Husserl de que no todos los ingredientes de la conciencia tienen carácter intencional. Este aspecto de la fenomenología de Husserl fue controvertido y muy criticado por Sartre. A los elementos no intenciollales los llama hylé; plantea en Ideas que la noesis tendría una cierta función animadora de esta hylé -sensaciones o contenidos representantes- para generar los correspondientes nóemas. Con ello, prácticamente estamos en el representacionalismo que el propio Husserl denostaba. Husserl había insistido en la "presencia en persona" del objeto ante la conciencia durante la percepción del mismo: "Pero si intentamos separar en esta forma el objeto real (en el caso de la percepción externa, la cosa percibida de la naturaleza) y el objeto intencional, e introducir como ingrediente en la vivencia este último, en cuanto "inmanente" a la percepción, caemos en la dificultad de hallarse ahora, frente a frente, dos realidades en sentido estricto, mientras que, sin embargo, sólo con una nos encontramos y sólo una es posible. La cosa, el objeto natural, eso es lo que percibo, el árbol que está ahí en el Jardín; éste y no otro es el objeto real de la intención perceptiva. Un segundo árbol inmanente, o bien una imagen interna del árbol que está ahí fuera ante mí, no se da en modo alguno y suponer hipotéticamente una cosa semejante sólo conduce a un contrasentido." (Ideas, 9O). Husserl se opone a la separación entre un mundo de realidad -en-sí- correspondiente a las afirmaciones de la ciencia fisica matematizada -y un mundo de apariencias o fenómenos sensoriales meramente subjetivos. Si admitimos que la cosa sensible y sus cualidades son fenómenos subjetivos, entonces tampoco serán trascendentes las cosas en sentido fisico, puesto que son exactamente las mismas cosas que indicamos como un "esto" en la percepción sensible Ias que el físico estudia con profusión de experimientos en torno a ellas, de las que deriva, aplicando cánones estables de la racionalidad lógicoempírica, las determinaciones fisicas de la cosa. Con este "mito" -así lo llama Husserl- cae también la teoría causal de la percepción. Así: "Como toda vivencia intencional tiene un nóema y en él un sentido mediante el cual se refiere al objeto, así, a la inversa, todo lo que llamamos objeto, aquello de que hablamos, lo que como realidad tenemos ante los ojos, lo que tenemos por posible o probable, lo que nos figuramos por imprecisamente que sea, es, sólo con el ser tal, un objeto de la conciencia, y esto quiere decir que, sean y se llamen mundo y realidad lo que sean y se llamen, tiene que estar representado dentro del marco de la conciencia real y posible por sentidos o proposiciones, llenos por el correspondiente contenido más o menos intuitivo " (ldeas. l13).

Pensamiento

Como miembro de la Escuela de Madrid (término que contribuyó a asentar) desarrolló muchos de los temas iniciados o insinuados por Ortega y Gasset en sus escritos o conferencias. En la obra Introducción a la Filosofía (1947) presenta y desarrolla de forma sistemática los temas capitales filosóficos a la luz de la filosofía de la razón vital. Entiende que la "introducción a la Filosofía" tiene como misión "el descubrimiento y la constitución, en nuestra circunstancia concreta, del ámbito de filosofar (concreto también) exigido por esta.

"En su esquema, la filosofía aparece como un hacer humano y un ingrediente de nuestra vida. Filosofía es un saber a qué atenerse respecto a la situación real. Sólo de este modo podrá ser la filosofía un hacer radical: "la filosofía tiene la exigencia de justificarse a sí misma, de no apoyarse en ninguna otra certidumbre, sino, por el contrario dar razón a la realidad misma, por debajo de sus interpretaciones y, por tanto, también de las presuntas certidumbres que encuentro." La filosofía es un saber radical y a la vez sistemático y circunstancial, derivado de la radicalidad, sistematicidad y circunstancialidad de la vida humana.

Entre las contribuciones filosóficas de Marías destacan:

  • La estructura empírica de la vida humana. Entre la teoría analítica de la vida humana y la narración concreta biográfica de ella hay un campo intermedio compuesto por los elementos que no constituyen requisitos a priori de la vida, pero que pertenecen de hecho a las vidas concretas.
  • Su idea de la metafísica. Partiendo de ésta como ciencia de la realidad radical, Marías sostiene que el hombre no es la realidad radical, sino "una realidad radicada que descubro en mi vida, como las demás". La realidad radical es más bien la vida, que debe entenderse como un área en la cual se constituyen las realidades como tales. De ahí que su teoría de la vida humana no sea una preparación para la meta física, sino la metafísica.

[editar]Traducciones

Biografía

Nació en Valladolid el 17 de junio de 1914. En 1919 se traslada con su familia a Madrid y estudia en el Colegio Hispano. Obtiene el título de Bachiller, en Ciencias y en Letras, en 1931 en el Instituto Cardenal Cisneros.

Con gran esmero cursó entre los años 1931 a 1936 (periodo de la República) la licenciatura en Filosofía en la Universidad de Madrid, fue discípulo de Ortega y Gasset, Xavier Zubiri, José Gaos, Manuel García Morente, etc. También empezó la carrera de Química, pero la dejó al comprobar que su verdadera vocación era la Filosofía. En los cinco años de carrera se va a cimentar su formación y lo que luego será su vida profesional y personal. Compañera suya de estudios fue Dolores Franco, que desde 1941 sería su mujer.

Lector insaciable, va formando una biblioteca que le permitiría, con apenas 26 años escribir una "Historia de la Filosofía" citando textos originales que tomaba de entre sus libros. Aprende griego por indicación de Zubiri, y leyendo la primera edición de "Sein und Zeit" deHeidegger en 1934 perfecciona el alemán que había aprendido en las clases de bachiller con Manuel Manzanares. Sus primera publicación de cierta entidad es su participación en el libro "Juventud en el mundo antiguo", editado en 1934 (recogía textos de Marías,Carlos Alonso del Real y Manuel Granell) narrando el crucero universitario que en 1933 realizaron estos estudiantes por el mar Mediterráneo, y en el que también participaron Salvador Espriu, Enrique Lafuente Ferrari, Luis Díez del Corral, Antonio Rodríguez Huéscar, etc.). Asimismo, en 1934 publica una traducción de Auguste Comte, por encargo de Ortega y Gasset.

Marías obtiene la licenciatura en junio de 1936. Un mes después empieza la Guerra Civil Española. Marías se alistó en las filas republicanas, pero por su miopía no marcha al frente, quedando en el servicio de traducción dado sus conocimientos de francés, alemán e inglés, entre otros. Durante la guerra participa en revistas como Hora de España. Tras el desastre del Ebro y la rápida ocupación de Cataluña, Marías apoyará la constitución del Consejo Nacional de Defensa propugnado por quien fue maestro en su Facultad Julián Besteiro, José Miaja, Cipriano Mera y Segismundo Casado en las páginas del ABC republicano, mediante editoriales que aparecieron sin firma. En sus memorias, Marías reproduce el último de esos artículos "La Grandeza del Consejo Nacional de Defensa" y proporciona un testimonio muy interesante acerca de los últimos días de guerra en Madrid. Luis Español destacó la veracidad de ese testimonio, y publicó algunos de los referidos editoriales. Tras la muerte de Marías, su discípulo Helio Carpintero publicó la integridad de los editoriales de Marías.

Acabada la guerra fue denunciado por uno de sus mejores amigos, Carlos Alonso del Real. Dicha denuncia fue apoyada por un profesor de arqueología, Julio Martínez Santa-Olalla, y contó con el testimonio del novelista Darío Fernández Flórez. Marías pasó unos meses en la cárcel y pudo ser fusilado. Le ayudaron a salir libre, entre otros, Salvador Lisarrague, Camilo José Cela, Manuel Mindán Manero y la familia de Ortega. Eso sí, se encontró con el veto y la hostilidad de un régimen que le cerró todas las puertas: no pudo obtener el doctorado hasta 1951, pues su tesis sobre el padre Gratry, presentada en 1942, fue suspendida en un episodio de escandaloso sectarismo; no pudo acceder a la docencia universitaria, pese a una vocación fuertemente arraigada en su persona, y cuando los vientos fueron menos tempestuosos y le ofrecieron integrarse en la Universidad denegó el ofrecimiento por negarse a jurar los Principios Fundamentales del Movimiento (que debían jurar todos los funcionarios y profesores, también aquellos que luego abjurarían sonadamente del franquismo). Por último, no pudo publicar en prensa hasta entrados los años cincuenta. En ese ambiente hubo de ganarse la vida traduciendo libros (de Paul Hazard, Leibniz, Séneca, Wilhelm Dilthey, Karl Bühler, etc.), dando clases en una academia (Aula Nueva) creada con un grupo de amigos, y luego, mediante conferencias y charlas, en España y fuera de ella.

En 1941 se casa con Dolores Franco Manera (1912-1977), profesora y escritora, quien en el periodo del previo a la guerra había sido compañera de carrera y con quien tuvo cinco hijos: Julián (1945-1949); Miguel (1947), economista y crítico de cine; Fernando (1949), cuya pasión por el arte lo llevaría a ocupar una cátedra universitaria en Historia del Arte; Javier (1951), renombrado escritor; y Álvaro (1953), músico. En ese mismo año publica su primer libro, la "Historia de la Filosofía" (prologado por Zubiri, y en ediciones posteriores con epílogo póstumo de Ortega), un repaso extenso, ameno y sucinto de la materia desde sus orígenes hasta ese momento que, dada su claridad expositiva, se convertirá en manual de éxito entre estudiantes hispanos y, a raíz de su traducción al inglés, también entre los del ámbito anglosajón. En esta temprana obra ya están presentes algunas de las claves del estilo característico de Marías: claridad y transparencia en la exposición, rigor en las fuentes, y explicación desde la filosofía de la razón vital, que comparte con su maestro Ortega.

A este libro seguirán más de setenta: Marías, que no pudo cumplir su vocación de maestro en España, se volcó en la escritura para suplir esta carencia y para, además, evitar caer en lo que sus dos maestros principales, Ortega y Gasset y Unamuno, habían incurrido: dejar proyectos inacabados, libros anunciados pero no escritos.

En 1948, junto con Ortega y Gasset, funda el "Instituto de Humanidades de Madrid", de corta pero fecunda vida. Bastante tiempo después, crea el Seminario de Humanidades, por el que pasaron grandes nombres de la intelectualidad española del último tercio del siglo XX, como Miguel Artola, Carmen Martín Gaite, Helio Carpintero, Gonzalo Anes, etc.

Entre sus discípulos está el filósofo chileno-español Francisco Soler Grima (Málaga, España:1924 - Viña del Mar, Chile:1982), quien le dedicó su libro Hacia Ortega I. El mito del origen del hombre, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1965.

Desde 1964 fue miembro de la Real Academia Española de la Lengua, ocupando el sillón "S". También fue senador por designación realentre 1977 y 1979. En 1982 pasó a formar parte del "Consejo Internacional Pontificio para la Cultura", creado por Juan Pablo II. En 1996 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, junto al periodista e historiador italiano Indro Montanelli, y en 2002 el XVI Premio Internacional Menéndez Pelayo, así como el Premio Cristóbal Gabarrón de Pensamiento y Humanidades.

Falleció en Madrid el 15 de diciembre de 2005, a la edad de 91 años, dejando tras de sí una vastísima y variada obra, sumamente leída.

[editar]Obras

  • Juventud en el mundo antiguo. Crucero universitario por el Mediterráneo, Espasa Calpe, Madrid, 1934, 309 págs. (junto con Manuel Granell y Carlos Alonso del Real.)
  • Historia de la filosofía, con un prólogo de Xavier Zubiri, epílogo (publicado póstumamente) de José Ortega y Gasset, Revista de Occidente, Madrid 1941, 413 págs. (28ª ed. en 1976). Última edición: Alianza Editorial, 2008.
  • La filosofía del Padre Gratry. La restauración de la Metafísica en el problema de Dios y de la persona, Escorial, Madrid 1941, 278 págs.
  • Miguel de Unamuno, Espasa-Calpe, Madrid, 1943, 220 págs.
  • El tema del hombre, Revista de Occidente, Madrid, 1943, 378 págs.
  • San Anselmo y el insensato y otros estudios de filosofía, Revista de Occidente, Madrid, 1944, 272 págs.
  • Introducción a la filosofía, Revista de Occidente, Madrid, 1947.
  • La filosofía española actual. Unamuno, Ortega, Morente, Zubiri, Espasa Calpe, Madrid, 1948, 147 págs.
  • El método histórico de las generaciones, Revista de Occidente, Madrid, 1949, 192 págs.
  • Ortega y tres antípodas. Un ejemplo de intriga intelectual, Revista de Occidente, Buenos Aires, 1950, 220 págs.
  • Biografía de la Filosofía, Emecé, Buenos Aires, 1954, 270 págs.
  • Ensayos de teoría, Barna, Barcelona, 1954, 307 págs.
  • Idea de la Metafísica, Columba, Buenos Aires, 1954, 68 págs.
  • Aquí y ahora, Revista de Occidente, Madrid, 1954.
  • Ensayos de convivencia, Revista de Occidente, Madrid, 1955.
  • La estructura social. Teoría y método, Sociedad de Estudios y Publicaciones, Madrid, 1955, 308 págs.
  • Filosofía actual y existencialismo en España, Revista de Occidente, Madrid, 1955, 376 págs.
  • Los Estados Unidos en escorzo, Revista de Occidente, Madrid, 1956.
  • El oficio del pensamiento, Biblioteca Nueva, Madrid, 1958, 281 págs.
  • La Escuela de Madrid. Estudios de filosofía española, Emecé, Buenos Aires, 1959, 362 págs.
  • Ortega. I. Circunstancia y vocación, Revista de Occidente, Madrid, 1960, 569 págs.
  • Los españoles, Revista de Occidente, Madrid. 1962, 258 págs.
  • La España posible en tiempo de Carlos III, Sociedad de Estudios y Publicaciones, Madrid, 1963, 232 págs.
  • El tiempo que ni vuelve ni tropieza, Edhasa, Barcelona, 1964, 236 págs.
  • Análisis de los Estados Unidos, Guadarrama, Madrid, 1968, 218 págs.
  • Antropología metafísica. La estructura empírica de la vida humana, Revista de Occidente, Madrid, 1970, 318 págs.
  • Obras, Revista de Occidente / Alianza Editorial, Madrid 1958-1970, 10 vols.
  • Visto y no visto. Crónicas de cine, Guadarrama, Madrid, 1970, 2 vols.
  • Imagen de la India e Israel: una resurrección, Revista de Occidente, Madrid, 1973, 149 págs.
  • La Justicia social y otras justicias,Ed. Seminarios y Ediciones. 1974
  • Problemas del cristianismo, BAC, Madrid, 1979, 138 págs.
  • La mujer en el siglo XX, Alianza, Madrid, 1980, 236 págs.
  • Ortega. II. Las trayectorias, Alianza, Madrid, 1983. 507 páginas.
  • Breve tratado de la ilusión, Alianza, Madrid, 1984.
  • España inteligible. Razón histórica de las Españas, Alianza, Madrid, 1985, 424 págs.
  • La mujer y su sombra, Alianza, Madrid, 1986, 216 págs.
  • Ser español, Planeta, Barcelona, 1987. 315 páginas.
  • Una vida presente. Memorias, Alianza, Madrid, 1988-1989, 3 vols.: I (1914-1951), II (1951-1975), III (1975-1989).
  • La felicidad humana, Alianza, Madrid 1989, 386 págs.
  • Generaciones y constelaciones, Alianza, Madrid, 1989, 284 págs.
  • Cervantes, clave española, Alianza, Madrid, 1990, 286 págs.
  • Acerca de Ortega, Espasa Calpe, Madrid, 1991, 276 págs.
  • La educación sentimental, Alianza, Madrid, 1992, 228 págs.
  • Razón de la filosofía, Alianza, Madrid, 1993, 294 págs.
  • Mapa del mundo personal, Alianza, Madrid 1993.
  • El cine de Julián Marías. Escritos sobre cine, compilación de Fernando Alonso, Royal Books, Barcelona, 1994, 2 vols.
  • Tratado de lo mejor. La moral y las formas de la vida, Alianza Editorial, Madrid, 1995.
  • Persona, Alianza, Madrid, 1996.
  • España ante la historia y ante sí misma (1898-1936), Espasa Calpe, Madrid 1996.
  • Sobre el cristianismo, Planeta Testimonio, Barcelona, 1997, 284 págs.
  • El curso del tiempo, Tomos I y II, Alianza, 1998. Tomo I: 508 páginas. Tomo II: 599 páginas.
  • Tratado sobre la convivencia, Martínez Roca, Barcelona 2000.
  • Entre dos siglos, Alianza, Madrid, 2002. Páginas: 635.
  • La fuerza de la razón, Alianza Editorial, Madrid 2005.
  • Una vida presente. Memorias. Páginas de espuma, Madrid, 2008.


Obras de Julián Marías traducidas a otros idiomas distintos del castellano:

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ELSA NIDIA FORENTÍN, 50 AÑOS, CASADA HACE 29,HACE , SOY DOCENTE TITULAR EN LA ESCUELA Nº 468 DE LA LOCALIDAD DE LAS TOSCAS, SANTA FE SOY ESCRITORA Y ESTUDIANTE DE LENGUA Y LITERATURA.
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